Ambiente y Política de Estado

Por: Michel H. Thibaud

Cada vez con más énfasis la Naturaleza con su particular lenguaje –a veces incomprensible para nosotros– nos alerta sobre las consecuencias de nuestras acciones. En esta oportunidad nuestro país sufre una de las mayores sequías de su historia, la cual afecta no sólo a la tierra, sino también a toda la economía. Esta catástrofe para algunos no tiene tales características pues no ha producido pérdidas humanas directas. Sin embargo, sus consecuencias han sido impresionantes ya que redujo nuestras cosechas en casi treinta millones de toneladas, mató a más de un millón de vacunos y redujo la reproducción de terneros en más de tres millones de cabezas. En épocas pasadas cuando se perdía una cosecha, sobrevenía una hambruna que diezmaba la población.

Lamentablemente, pocos políticos se hacen eco de la situación ya que estamos sumergidos en una vorágine de acontecimientos signados por un cholulismo casi desenfrenado, tras una campaña electoral con nulo contenido de propuestas. Ya no se sabe si los candidatos son imitadores o si los imitadores son candidatos. Las autoridades están más interesadas en desmantelar a los candidatos de la oposición, que en solucionar los problemas de los argentinos.

En tanto el conjunto de los ciudadanos nos deterioramos paso a paso, casi sin darnos cuenta. Es como la rana: si la colocamos en una olla hirviente salta de inmediato, pero si la calentamos lentamente, al final termina muriendo hervida. El Riachuelo, el Luján o el Reconquista, ríos de llanura que corren por zonas superpobladas, continúan acumulando desperdicios; la ley de Bosques no cuenta con el suficiente apoyo en algunas provincias donde el desmonte es moneda corriente; el veto a la Ley de Protección de Glaciares demuestra la insensibilidad presidencial; la basura urbana, el dengue y la gripe “porcina” agravan el panorama.

Pero la pregunta es: ¿debemos proteger la Naturaleza?. ¿Es necesario?. La respuesta la tenemos a la vista: la Argentina depende de sus recursos naturales renovables. La mencionada sequía afectó sensiblemente las finanzas públicas y no sabemos cómo vamos a terminar ya que las cosecuencias de tamaña catástrofe aún no se han exteriorizado en su totalidad. Viene a cuento entonces la fábula de la Hormiga y la Cigarra, ya que nos hemos pasado estos años de bonanza “cantando bajo la lluvia” sin preocuparnos de preveer para el futuro. ¿Será porque la comida se compra en el supermercado?

Deberíamos aprender la lección y ocuparnos de conservar los bienes naturales renovables, pues nos brindan beneficios gratuitos. La lluvia –que nuestro sistema económico no contabiliza, ya que es gratis– en sólo un año afectó la producción en más de treinta millones de toneladas de granos. ¿Qué pasaría si esta escacés fuese permanente? Seguramente la economía, tal cual la conocemos, colapsaría en forma inmediata. Algunos pueden pensar que incorporarían el riego como variable productiva, sin embargo esta solución implica costos y sobre todo ¡disponibilidad de agua!, que ya no habría.

Este solo ejemplo es válido para demostrar que la conservación de la Naturaleza excede meras cuestiones románticas o filantrópicas. Es una responsabilidad ineludible de cada uno de nosotros, pero sobre todo de quienes administran los bienes públicos.

Sin embargo, sumergidos en aspiraciones políticas, en bajezas de campañas proselitistas y en un clientelismo desenfrenado, nuestras autoridades miran para otro lado –literalmente–. Estos temas ellos consideran que no son urgentes y por consiguiente no permiten que adquieran la jerarquía necesaria en la toma de decisiones públicas.

Pero los ciudadanos comunes estamos a tiempo, si nos interesa el tema, de inducir los cambios necesarios para torcer la voluntad de los hombres que dicen se preocupan por nosotros.

¿Qué podemos hacer, para lograr que nuestros dirigentes se aboquen a solucionar algunos de los problemas planteados? Exigirles, mediante notas, campañas, cartas de lectores y cualquier otra comunicación pública, que asuman la responsabilidad para la cual los elegimos. En estos temas en general podemos decir que existen coincidencias, ya demostradas en la votación de la Ley de Protección a los Bosques y sobre todo la Ley de Protección a los Glaciares la cual fué votada en ambas cámaras y vetada por la Presidencia de la Nación. ¿Usted está dispuesto a ratificar su mandato a quienes representan a una persona que –luego de un voto unánime en ambas cámaras– contribuye al agotamiento de las fuentes de agua de nuestro país vetando una Ley de Protección a los Glaciares? Tenga presente que los glaciares andinos contribuyen también a alimentar casi todas las napas subterráneas del país, sobre todo en las regiones más áridas.

Como ciudadanos no podemos renunciar a peticionar, sobre todo cuando está en juego nuestra supervivencia. La Naturaleza nos brinda en forma gratuita una cantidad invalorable de servicios ambientales, algunos de ellos vitales: aire puro y agua dulce, entre otros. Si perdemos estos recursos renovables tendremos que pagar por ellos y esto no será posible en un futuro próximo, mucho menos con una población creciendo exponencialmente.

La oportunidad es ahora ya que muchos hombres de la política asumirán en unos pocos meses. En campaña es relativamente fácil que signen algunos compromisos mínimos –comunes a todos– acerca de la protección de la Naturaleza, que trasciendan sus mandatos y se conviertan en Políticas de Estado. No como una cuestión filantrópica, sino como conservación de recursos renovables que son útiles para nosotros y para las generaciones venideras. Nuestro voto vale. ¡Usémoslo!